Maurice Maeterlinck

16:55





«En la colmena, el individuo no es nada, no tiene más que una existencia condicional, no es más que un momento indiferente, un órgano alado de la especie. Toda su vida es un sacrificio total al ser innumerable y perpetuo del que forma parte». Lo que mueve a las abejas, lo que mantiene a la colmena viva es la noción del porvenir y el amor a la raza. Ese sentimiento abstracto y superior es lo que lleva a todas las abejas a proteger a su reina con su vida si fuera necesario. Si la reina muere la colmena está irremediablemente condenada a desaparecer. Por ello, por el bien de la colmena, la vida de uno solo de sus miembros cuenta solo en tanto que forma parte de un conjunto, y es perfectamente sacrificable en beneficio de ese conjunto. Así se entiende, por ejemplo, el sacrificio de los zánganos, aunque no deja de ser sorprendente la fatalidad de esta ley, que hace que cuando dos abejas de una misma colmena están fuera del panal ya no se conozcan y no se ayuden mutuamente. El papel que desempeña la reina dentro de esta sociedad no es jerárquico, ya que representa el porvenir infinito de la raza, a la que sirve antes que gobierna; es soberana, pero también «sirvienta real», «el corazón esclavo de la colmena cuya inteligencia la rodea».

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